“Benvolguts professors:
Como alumna apasionada por el flamenco y como profesora de catalán un tanto
patriótica, y sensiblona tal vez, y como Anna que tiene ganas de montar un
tinglao pasándolo bien en la preparación y en la realización, os lanzo una
propuesta que no tiene aún forma concreta, y que de tomarla lo haría con la
colaboración de quien se quisiera implicar.”
Así empezaba un correo que dirigí al profesorado del Instituto Cervantes de
Damasco en marzo de 2009, donde di clases de español y, sí, también de catalán.
Realmente yo lo que quería era celebrar San Jordi, que me pillaba por segundo
año consecutivo fuera de casa, recreando el bullicioso y al mismo tiempo idílico
ambiente con el que siempre he vivido esta fecha tan señalada desde mi infancia.
Además, como estaba en aquel entonces tomando clases de bulerías en el mismo
Cervantes, me moría de ganas de sacar a relucir mi falda ante el público. Tras
hablarlo con Antonio, el Jefe de Estudios, acordamos ampliar las miras más allá
de Sant Jordi, ya que coincidía con el Día Internacional del Libro (que por
cierto fue así declarado por la
UNESCO en 1995, y, pese a que el orden de los factores no
altera el resultado, no está mal guardar en la memoria un recuerdo de si fue
antes el huevo o la gallina) y las exhibiciones de baile también casaban
perfectamente con la Feria
de Abril.
La convocatoria llevó por nombre finalmente En abril, fiestas mil y se
celebró el 23 de abril de 2009, allí mismo en el suntuoso edificio beige, o
blanco enmarronecido, del Instituto Cervantes de Damasco, delante del parque
Sibki. Recuerdo infinidad de detalles de su preparación y puesta en escena, al
contrario de lo que me sucede normalmente, con los instantes que se me
evaporan.
Recuerdo que la propuesta, muy bien recibida por Antonio, no gozó de la
misma implicación entusiasta por parte de la mayoría del profesorado. Suponía
demasiado trabajo fuera de las clases y su preparación, que ya eran de por sí
una buena carga. Recuerdo que, sin embargo, Elena se lanzó de pleno
compartiendo mi misma ilusión y que Mónica y Rocío tampoco dudaron en
implicarse y hacerse propia la iniciativa. Las cuatro conseguimos repartirnos
las tareas y atar el siguiente programa:
- 17.30 Baile flamenco de apertura (en los locales de abajo)
- 17.30 Zoco Libro: mercadillo de intercambio de libros viejos y usados.
El mercadillo quedará abierto hasta las 20.00 h (junto a la cafetería,
en la terraza).
- 18.30 Entrega de premios Las palabras que no se lleva el
viento + Lectura de poesías en árabe y español Entre dos
orillas (sala de actos)
- 19.15: Segundo baile flamenco (locales)
- 19.40 Inicio del taller de escritura creativa: Cuentacuentos (en la
biblioteca)
- 20.00 Baile de salsa (locales)
- 20.15 Lectura de los cuentos, votación del mejor y
entrega de premios (sala de actos)
- 21.05 Gincana (locales y resto de instalaciones del
Cervantes)
- 21.30 Discoteca
Recuerdo una tarde soleada, el Cervantes lleno de vida, la cafetería a
rebosar, el patio a rebosar, la puerta de entrada a rebosar. En los locales, ante
la impaciencia por ver los bailes, no cabía un alfiler. En la sala de actos había
gente de pie escuchando recitar a Kuteiba en catalán, a servidora en árabe, a
Muaz en español. Mi idea de ofrecer rebujitos para crear ambiente de Feria en
la cafetería fue una catástrofe anticipada por mis compañeras, aunque las
cervezas y otros refrescos se vendían sin parar, así que me bebí yo sola la botella
que había preparado a modo de prueba para la ocasión.
Recuerdo a Támer, que Dios le tenga en su quietud, amigo ajeno al Cervantes,
aportando una buena cantidad de libros al Zoco Libro, o sea, al mercadillo de
trueque de libros usados, sin quererse llevar ninguno a cambio. Los dejó y
desapareció. Recuerdo a Giacomo, estimado compañero de casa, que se dio cuenta de
que mi actividad frenética organizando y disfrutando de la fiesta me impediría
retener un libro dejado por Támer en que me había fijado. Al llegar a casa al día
siguiente me encontré el libro dedicado y cuidadosamente depositado en las
escaleritas que subían a mi habitación. Recuerdo a Noor, que apenas en ese
entonces empezaba a aprender español y que ahora no solo lo domina sino que
también se luce con el catalán. Recuerdo a Rocío repartiendo rosas por doquier
e instando a los alumnos a que se las ofrecieran a la primera chica con que se toparan.
Fue gracioso darse cuenta de que no había entendido el concepto, aunque eso le supuso
un disgusto a mi amiga Maisda al enterarse de que su amado le había regalado la
rosa a quien no tocaba.
Recuerdo con especial cariño la faena que le hice a Muaz, de nivel
intermedio, al adjudicarle la lectura del interminable poema Luciser, traducido
(mejorable) y acortado al español por mí misma después de que Sulei me diera a
conocer el original Iblinsán, de Abdallah Zriq. Terminaba diciendo:
“Yo soy el…di….de…
Dia…da….
Dab…dabo...
di…de…dia…da…dab...dabo...
diablo.”
Dia…da….
Dab…dabo...
di…de…dia…da…dab...dabo...
diablo.”
Recuerdo a los alumnos que tenían clase deseosos de que llegara la pausa
para bajar a la fiesta y al profesorado, escéptico un mes antes, dejándose invadir
por la alegría de la tarde. Recuerdo a Antonio participando en la gincana, a María
la rubia y a Patricia bailando en la discoteca. Recuerdo a Wisam, desaparecido
durante varios meses, y a su inseparable amigo Jaldún, habitantes permanentes de
la cafetería y la biblioteca del instituto. Recuerdo a mi amigo Konrad, que se
tomó unas cañas con nosotros ya caída la noche, al increíble Hulk Hogan versión
siria cenándose sus latas de atún, y a Halima y otras compañeras del IFPO, que
se acercaron atraídas por el espectáculo de flamenco. A Zeina, activista
incansable, en el grupo de bailes.
Recuerdo esa velada con un cariño inmenso, un cariño tan profundo que, pese
a las lágrimas que se me escapan, es capaz de acallar el dolor. Me inunda un amor que
me apresa el pecho. Me mezo en el recuerdo y sueño un mañana.